Catálogo Galería AMS Marlborought / Por Catalina Mena

VANITAS

 

En su décima muestra individual, Ricardo Maffei confirma, una vez más, la potente voluntad que mueve su práctica pictórica. Sofisticado y virtuoso en el oficio, su modus operandi contempla como eje material el montaje de una escenografía objetual cuyos elementos han sido cuidadosamente dispuestos para generar una atmosfera silenciosa pero emocionalmente cargada. El paño doblado, que en su anterior muestra se conectaba a la idea de las banderas, retorna a una zona cotidiana como el vestigio del inventario doméstico. Otra vez el encuadre es frontal, haciendo coincidir el eje de la mirada con el plano horizontal que amarra la composición. También reaparece la imagen de una piedra, como contrapeso a lo blando y dúctil de la tela y, en un plano apenas sugerido, algunas marcas gráficas: ambiguas intromisiones del mundo externo que se cuelan en su teatro del silencio. Quienes han seguido de cerca la trayectoria artística de Maffei no dejan de sentirse perturbados por la aparente obstinación de un pintor que vuelve, una y otra vez, sobre un mismo imaginario. Quizas esperarían que Maffei corrierra ansioso tras las promesas de lo “nuevo” que constantemente presionan los límites del arte. Sin embarrgo, el se resiste y frente a la aceleración del tiempo, oponen la detención y el vaciamiento. Pareciera que Maffei siempre está pintando el mismo cuadro, como si quisiera llegar a la pronunciación perfecta de una sola palabra antes que confundirse en la multiplicidad de vocablos erráticos. Esa perseverancia, ese quedarse allí, no es producto del azar : Maffei ha decidido deshacerse de elementos y variaciones inútiles para concentrarse en la búsqueda de un estado utópico en el que la Pintura, así con mayúscula, es la única protagonista. El carácter ritual de su oficio – como práctica que se carga de sentido en la perseverancia del gesto reiterado- esta vez se manifiesta a cabalidad. Los montajes de sus actuales pinturas pueden ser leídos como verdaderos altares donde los paños comparecen como ofrendas de lo cotidiano. Esta idea del rito, sumada al deseo de sustraerse a la carrera del tiempo está intimamente ligada a la sensibilidad de la naturaleza muerta. El término refiere a una contradicción muy profunda: se trata de algo que se concibe como vivo, pero al mismo tiempo desprovisto de vitalidad. Así, este género pictórico contiene en su núcleo la conciencia de la muerte. De hecho, el origen de este género pictórico se asocia a objetos de la vida cotidiana que se representan en las ceremonias fúnebres, con el deseo de acompañar al muerto de aquellas prescencias con las que había convivido en su vida. La asociación entre Naturaleza Muerta y ritual funerario encuentra su manifestación más radical en las pinturas de vanitas, como subgénero del mismo lenguaje, relacionado con un pasaje del Eclesiatés (“vanidad de vanidades, todo es vanidad”) que llama a no afanarse por conseguir bienes y placeres mundanos que finalmente constituyen una ilusoria trampa para los sentidos. Si los primeros bodegones celebran la rutina cotidiana recreando decorativos arreglos de frutas y flores o utensilios de la vida doméstica como jarros e instrumentos musicales, las pinturas de Vanitas ponen el acento en el carácter efímero y decadente de nuestros afanes diarios. Frutas podridas, flores secas, relojes y cráneos obligan a considerar la omnipotente presencia de la muerte en cada partícula de nuestra cotidianidad. En un texto anterior, el crítico Edward Sullivan señala, con gran lucidez, que Maffei realiza una reinterpretación de la Naturaleza Muerta, dotándola de una poética contemporánea. Sullivan enfatiza la elección de objetos que ya no pertenecen al registro decorativo, si no a un alfabeto personal muy riguroso y acotado y, por que no decirlo, mucho más abstracto. Habría en la obra de Maffei una especie de abstracción de la naturaleza muerta en la que los elementos se vacían cada vez más de su contenido anecdótico para quedarse en su nucleo esencial. Ese nucleo, a mi modo de ver, no es más que la contemplación de la muerte. De modo que Maffei, lo que haría, es una actualización personal del Vanitas, que es la forma más crítica, compleja e interesante de la Naturaleza Muerta. En una opción muy clara, Maffei se aleja de lo ilustrativo y anécdótico para explorar una obra que se resuelve “fuera del tiempo”. No hay historias, no hay devenir, lo que hay es la presencia absoluta de la Pintura. El artista va depurando su alfabeto visual hasta quedarse con unas pocas imágenes muy precisas y elocuentes que configuran escenas casi abstractas. Así, más que los elementos, sus cuadros se juegan en la exacerbación del oficio pictórico, en la rigurosa composición, en el despliegue sofisticado de los colores, en el estudio de los infinitos matices del blanco, en la intensidad emocional del silencio, en el equilibrio precario de los elementos, en la sensualidad de las texturas, en la inquietante relación de luces y sombras, en el abismo de espacios deshabitados que a veces ocupan gran parte del cuadro. En el postmoderno reino de lo efímero, la pintura de Maffei ostenta su eterno presente.

Catalina Mena Santiago de Chile, Noviembre 2008