Revista Art Nexus nº 36 / Por Maria Elvira Iriarte

Ricardo Maffei

Galeria Marlborough New York, New York

 

Los Pasteles del artista Ricardo Maffei (Santiago, 1953) remiten en forma inmediata a un mundo de contemplación silenciosa. Su referente estilístico es el realismo de corte clásico reforzado por una técnica impecable. Que un artista contemporáneo elija como manera expresiva las formas del realismo implica un buen número se riesgos: el de pasar apenas por un buen hábil técnico, el de acercarse a la academia, el de colocarse en una postura ahistórica, deliberadamente al margen de cualquier aproximación de vanguardia. El fotorealismo o hiperrealismo de hace 20 años no parece informar el trabajo de este chileno, quien escapa de las definiciones habituales de esta categoría. El mismo artista dice que no le interesa el realismo como tal, sino que busca, usándolo, instigar al observador a ver más allá de las apariencias. Hay tantos realismos como artistas que lo practican, dice E.SulIivan en el catálogo de la muestra. Y tiene razón. En el caso peculiar de Maffei, lo primero que se impone a la consideración del observador es que la supuesta realidad a la que aluden sus trabajos es también creación del mismo artista. Maffei trabaja con modelos, armándolos. Su realismo no alude a una realidad común. Es una manera de pintar a partir de modelos inventados por el mismo artista. Y su invención de los modelos parece superar la simple disposición u ordenamiento tradicional en el campo de la pintura de bodegones. Hasta sus desnudos con modelos reales adquieren significados peculiares, gracias a los tratamientos espaciales a los que los somete: un paño gris, levemente arrugado, donde se recoge un cuerpo femenino, o el agua estancada, detenida en el plano inferior de un desnudo masculino fragmentado que avanza de perfil. Los pasteles de Maffei no son segmentos del ámbito al que normalmente aludimos como la realidad; son elaboraciones plásticas de una realidad que el inventa. De manera que su realismo es ilusorio, y en este sentido, su trabajo se aleja de los varios realismos del siglo XX. Estas pinturas generan sobre el soporte mundos plásticos que trascienden los sencillos objetos que configuran sus composiciones: un tazón cerámico, un adoquin roto, una tela doblada o colgada, un reguero de pigmento, una piedra. Casi todas las composiciones se construyen con un mínimo de protagonistas y hay una jerarquía bien definida que centraliza al protagonista principal en su escenario. Por que realmente podemos entender como escenarios estas pinturas: un plano de apoyo, las más de las veces frontal, y otro del fondo -muro, cartón, tela o paño- , quien fija el espacio, la profundidad en una distancia visual que llamaríamos tangible. Y en este ángulo se presentan él o los objetos escogidos. Son espacios recogidos, íntimos. Pocas veces las composiciones tienen límites laterales. El espacio discurre ante nuestros ojos en esa dimensión, hacia los lados, recalcando el objeto centralizado que alberga. Así la piedra o la caja adquieren un caracter icónico y contundente. Y las narrativas con las que usualmente las asociamos se tornan inoperantes. Esta capacidad de generar una narrativa inédita explica buena parte de la fascinación que ejercen sobre el espectador estos trabajos. Maffei maneja el color basado en tensiones. Lo exalta convirtiendolo en materia de un objeto determinado y lo matiza, haciendolo resonar, en los planos de soporte y fondo. Los pasteles son densos, saturados. Aluden a superficies concretas sin evidenciar el proceso creativo. Al artista le interesan las calidades peculiares de cada superficie, las mil y una complejidades que genera la luz al incidir en un cuerpo determinado, sin convertirse por ello en protagonista. Allí estan los objetos pintados, y esta la calidad de su presencia, que parecen aludir a una realidad secreta, a una substancia que les confiere vida propia. Con ello se hacen inquietantes, aunque sin acercarse ni en lo más mínimo a una postura surrealista. Como palabras mágicas que encerraran contenidos que apenas distinguimos, o esa esencia de lo real que la más de las veces no ve Maria Elvira Iriarte Santiago, Chile Mayo, 2000