Revista Art Nexus nº 52 / Por Maria Elvira Iriarte

EL MUNDO SILENCIOSO DE RICARDO MAFFEI

 

En las muestras más recientes, el artista se muestra fiel a sí mismo (7). Sigue investigando en el ámbito indefinible de lo que llamamos realidad. La que se presenta a los ojos, la que no es externa y vemos solo a medias, la que ya hemos construido mentalmente, la que puede registrar una cámara fotográfica. El realismo de Maffei pone en tela de juicio justamente a la realidad. La pintura que Ricardo Maffei exhibe de vez en cuando nos sumerge de inmediato en un mundo silencioso, que obliga a una actitud contemplativa. Totalmente ajeno a las posturas estéticas que han aflorado en el campo de la plástica desde hace unos 25 años, este artista chileno, nacido en Santiago 1953, se ha dedicado a mirar con infinita paciencia el mundo que nos rodea y en el cual estamos inmersos. Maffei hace pintura realista, a partir de realidades que el mismo genera. Sin duda, una escogencia poco frecuente en el momento actual. Desde siempre le llamó la atención esta manera expresiva que, apoyándose en la realidad, genera otra realidad no menos contundente: la de la pintura. No tiene el artista una explicación para su preferencia. Es un hecho, simplemente. “El realismo me produjo una fascinación desde muy joven, sobre todo algunos pintores holandeses del siglo XVII, especialmente Vermeer” (1). Lo tuvo que conocer por reproducciones, porque ni hay obras del holandés en Chile ni, hasta la fecha del primer viaje del chileno a Europa, se había realizado en Santiago exposición alguna que lo incluyera. Su vocación fué temprana. En alguna de las conversaciones que he sostenido con él, recuerda que siguió un curso de pintura impartido por Mario Toral, en el Instituto Cultural de Providencia, cuando solo tenía 12 años. Era el único menor, en un grupo de señoras adultas que seguían las indicaciones del prestigioso maestro. Nuestro artista comenzó a exponer hace algo más de 25 años, en salones universitarios. Sin embargo, el oficio impecable que hoy domina no lo adquirió en la academia. Su formación universitaria en las Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile se redujo a un único semestre de 1974, semestre que no aprobó. El gobierno del momento se hacía sentir duramente en las Universidades, especialmente en las aras de enseñanza humanística. Las escuelas de Bellas Artes no eran la excepción a la política represiva y castrante de la dictadura militar. La enseñanza oficial le cerró sus puertas a Maffei, arguyéndose falta de talento. Valga aclarar que el pintor nunca estuvo involucrado en actividades de tenor político. Recordemos eso sí, que Van Gogh fué descalificado por el mismo motivo en la Academia de Amberes. ¿Que podía hacer este joven que, pese a su fracaso, se empeñaba en ser artista? Afortunadamente su padre lo apoyó. Ricardo es el sexto de una familia de siete hermanos, constituida por la pareja de Eugenio Maffei y Maria Luisa Reyes. Destacado arquitecto y constructor, el padre del artista se valió de su amistad con Miguel Venegas Cifuentes, arquitecto y artista académico que tenía un taller de dibujo y pintura en el que acogía a un pequeño grupo de alumnos. Años antes este profesor había sido maestro de Claudio Bravo. El joven Maffei Reyes fué aceptado como alumno en un grupo que incluía a Andres Baldwin, Gustavo Ross y Cristián Abelli. entre otros. Seguiría las enseñanzas del estricto profesor por dos años. La principal disciplina era el dibujo a la manera académica. En esas largas sesiones semanales, frente a un modelo, Maffei reconoce las bases de su trabajo actual. Carboncillo, lápiz y óleo fueron los medios técnicos que aprendió como autodidacta, aunque nunca ha abandonado totalmente la pintura al óleo. Aflora en sus recuerdos un hecho mucho más puntual que lo marcó profundamente. En una de sus revistas culturales el diario El Mercurio de Santiago publicó en 1975 una obra, reciente en ese entonces, de Claudio Bravo, quien a la sazón ya era un artista reconocido internacionalmente. El traje naranja -en realidad un vestido de motociclista, su casco y los guantes, homenaje en ausencia al deportista Antonio Cores- se convirtió en verdadera fascinación para el novel artista. ¿El realismo podía referirse al hecho cotidiano actual? No había que pintar modelos, ni temas sacros o históricos, ni paisajes vistos por los ojos de la academia? Es plausible suponer que la reproducción de la obra de Bravo no tuviera una calidad optima, pero suficiente para servir como detonador de una conciencia artística aún en formación. A la admiración por los holandeses, Maffei añadió, irrestrictamente, la de su coterraneo. Por esos años, su padre Eugenio Maffei realizó un viaje a Europa. A instancias y “ruegos” de su hijo Ricardo, contactó a Claudio Bravo, ya instalado en Marruecos, y le hizo una visita en su casa -taller de Tánger. Nuevamente el apoyo del padre abriría posibilidades futuras a nuestro artista. Instado por él como por muchos otros compatriotas a regresar a Chile, al menos por una temporada, Claudio Bravo accedió al proyecto. Por unos meses se instaló en una casa perteneciente a la familia Matta Echaurren, en el balneario de Zapallar. Quería así huír un poco del acoso social de una ciudad que se asfixiaba culturalmente. Sin embargo, visitó a su antiguo maestro, don Miguel Venegas Cifuentes, y concurrió para trabajar junto con los alumnos del taller, durante unos 15 días. Allí lo conoció Ricardo Maffei. Bravo retorna a Tánger, y en 1978 Maffei viaja a España con su compañero Andrés Baldwin. Se instalan en Madrid. La estadía, para Maffei, se prolongaría por diez años, con algunas interrupciones. Los chilenos visitan asiduamente las colecciones del Museo del Prado. Como artistas noveles, extranjeros y pobres, viven en estrechas condiciones. Tienen la suerte de que por esos años del final de la decada de los 70, la escuela española realista (o hiperrealista) marcaba una pauta importante. En cosa de dos o tres meses, la Galería Egam, de Enrrique Gómez Acebo, comienza a vender los trabajos de los jóvenes artistas. Ya en España surge la posibilidad de visitar a Bravo en su taller Marroquí. Al cabo de un año de pacientes e insistentes llamadas telefónicas, el maestro accede a recibirlo como artista visitante, por espacio de un mes. Lo acompaña el español Gerardo Pita. Se cumple entonces un anhelo fundamental para Ricardo Maffei. En el taller vecino al cementerio musulmán, con vista al mar, se desarrollan rigurosas jornadas de ocho o nueve horas de trabajo. La estadía del chileno visitante se prolongó por dos meses y medio, tiempo suficiente para fundamentar una amistad que dura hasta hoy en día. Despues de esta primera visita, Maffei volvió varias veces a trabajar en el taller de Claudio Bravo. De regreso a Madrid, uno de sus hermanos mayores lo convida a visitar a otro hermano que vivía por entonces en Bali. Terminada esta aventura, que se prolongó por varios meses, regresa por dos años a Chile. Todavía el país vive circunstancias dificiles tanto políticas como económicas. Conoce entonces a quien terminaría siendo su suegro, el padre de la también artista Paula Lynch. El señor Lynch, anticuario, le ofrece un espacio para trabajar. Pero al cabo de un tiempo Maffei resuelve volver a España. Vive unos meses en El Escorial, que había sido colonia de exiliados políticos chilenos y argentinos. Luego se instala en el litoral mediterráneo, en Marbella, exitoso lugar cosmopolita. Su trabajo decae. Se dedica a hacer retratos que el mismo califica como light. Al cabo de tres años de una situación poco exigente, decide retornar a Madrid. Lleva meses preparar una exposición individual que hará finalmente en la Galería Egam, en 1987. En el curso del año siguiente regresa a Chile para instalarse en Santiago. El periodo de formación ha terminado. En 1991 realiza su primera exposición individual en la Galería Epoca de Santiago. El texto del catálogo lo escribio Cecilia Mckay, quien, desde el título del escrito, “Del realismo melancólico y solitario de Ricardo Maffei” señala la postura peculiar del artista. Maffei ya había participado en algunas muestras colectivas en Santiago (2). En esta primera muestra individual exhibe oleos de 1988 y de 1989, pasteles de esos años y los inmediatamente posteriores, y dos dibujos a lápiz de 1984: dos desolados paisajes de la agreste cordillera chilena. Pero el asunto más constante es el desnudo femenino: de pie, sentado en una silla atándose el cabello, mirando por una ventana, tendido sobre una cama antigua. Aunque rodeados de un ámbito específico, los desnudos aparecen solitarios, ocupando con discreción los espacios asignados. Son pasteles de formato considerable, hasta 150 x 110 cm. Casi podríamos hablar de monocromías. El cuerpo desnudo de la joven modelo ilumina con su rosa ocre todo el trabajo. Los demás elementos se limitan a orquestar las cromías indicadas. Un muro de fondo o las sábanas blancas destacan todavía más las carnaciones compactas, tersas, perfectas hasta casi lo irreal. La postura del artista que idealiza a su modelo recuerda a los neoclásicos. También hay bodegones o naturalezas muertas. Maffei genera sus propios modelos para trabajar estos asuntos. Un plano de soporte, mesa o paño, y unos cuantos cuerpos que atrapan la luz y definen el color. Pueden ser zapallos, o lápices, una naranja pelada o cacharros de cerámica, tapetes kilim o frascos de vidrio, pequeñas plantas en sus respectivas materas, o los planes recién comprados que acompañarán la taza de café ya servido. Objetos nimios que obedecen a una sintaxis extremadamente precisa para lograr una expresión que parece casual, aunque sea totalmente artificiosa. Si se piensa que en esos años dominaban el escenario artístico chileno la abstracción gestual de un Balmes o de una Gracia Barros, del grupo Signo, o las acciones de ultra izquierda, como las de Lotti Rosenfeld, la postura de Maffei de hace aún más aislada. De hecho, su nombre figura poquísimo en la discreta crítica capitalina de los años que anteceden al retorno de la democracia. Como que pintar a la manera realista era algo lindante con el exabrupto. Estaba Claudio Bravo, comenzaba a sobresalir Muñoz Vera, pero ambos trabajaban fuera de Chile, y muy raras veces confrontaban a la crítica o al público santiaguino. Un país aislado culturalmente, como lo fué el Chile de Pinochet, se hace, sin remedio, reduccionista. No en el sentido positivo del término, purificador, esencialista. Sino en el sentido de empobrecedor, de limitante. Ese ambiente claustrofóbico fue el que enfrentó Ricardo Maffei al comienzo de su carrera. Con una admirable terquedad mantuvo su postura de pintor realista, contra viento y marea. Y con la misma honestidad resistió el embate de las nuevas tendencias pictóricas que aportaron los artistas llamados de la generación de la década de 1980: la nueva figuración expresionista. Artistas como Sammy Benmayor, Omar Gatica, Matías Pinto D’aguiar o Carlos Maturana (Bororo) ilustraron en su momento en Chile, el impulso vitalista de los nuevos Salvajes alemanes o la neofiguración de los italianos impulsados por el crítico Omar Calabrese. Maffei vuelve a exponer individualmente en 1996, en la galería de Tomas Andreu (3). Entre una y otra exposición individual, Maffei participó en varias muestras colectivas, dentro y fuera de Chile (4). Y se distanció decididamente del trabajo de Claudio Bravo, objetos reales, pero procede a descontextualizarlos. Los conjuntos que arma como modelos, y que pinta, son imposibles en la realidad. Bravo no quiebra la realidad. Ciertamente la ajusta, en términos lumínicos especialmente, pero sus escenas de taller, sus bodegones o naturalezas muertas, sus telas, son absolutamente factibles. Maffei se inventa una semántica propia. La piedra sobre la tela doblada, las pequeñas ramas envueltas en un paño, las plantas que crecen en sus almácigos a la espera de ser transplantadas, los pigmentos regados como al azar sobre una tela o cartón, se combinan en un lenguaje metafórico que no existe fuera del mundo del arte. Incluso algunos trabajos están montados sobre la superficie rígida que sirvió como soporte de la ejecución. Maffei es un pintor realista. Sus motivos o asuntos no lo son, aunque lo parezcan. Un elemento, hasta entonces usado con extrema parsimonia, irrumpe en forma clarísima en la muestra de 1996: el color, principalmente el azul. Un azul absolutamente pictórico. Quiero decir no realista. La naturaleza nos ofrece sólo mínimos azules de semejante intensidad. Azul cobalto puro, el índigo, como el de las minúsculas flores de la zinnia, usado en planos de apoyo, en fondos planos o quebrados, sugiriendo tejidos o papeles que acusan sus dobleces. Notas de un rojo intenso en discretas alusiones a la pintura informalista. Los azules se apoderan de superficies extensas en el plano pictórico. La tensión entre el motivo, supuestamente realista, y la cromía llega a ser extrema. En el texto escrito para el catálogo de esta muestra, Félix Lazo destaca la sutiliza del engaño propuesto por el artista: “Desde su trinchera, con un oficio histórico impecable, anacrónico e infinitamente seductor…” (5). Los objetos, los cuerpos convocados por la pintura se hacen más reales que la realidad misma. Los pasteles de Maffei viajan a varias exposiciones internacionales significativas como Art Miami, Arco y las muestras de pintura latinoamericana organizadas por la Galería Espacio de San Salvador. La galerista Ana María Stagno promueve la obra desde su galería, filial de la Marlborough en Santiago, a la sede principal de esta casa de exposiciones en Nueva York. Ricardo Maffei ha expuesto tres veces, individualmente, en la sede de la calle 57, en 1997, 2000 y 2002. A mediados de 1998, Maffei realiza otra exposición individual en Santiago (6). Más que la técnica o la temática, lo que parece novedoso son las composiciones armadas para dar cuenta de elementos de masa o peso -una placa de mármol quebrada, una piedra o un viejo ladrillo- y los fragmentos de naturaleza, de tejidos o de papeles que se contraponen con su apariencia de fragilidad, de transitoriedad. Los juegos de luz y sombra son más acusados que en obras anteriores. Enriquecen y complementan los colores, sin restarles protagonismo. Las sombras son parte integral de cada composición y se encargan de hacer respirar estos extraños bodegones armados como escenarios de un teatro. El carácter teatral de la obra de Maffei es innegable. Los bodegones son artificios ideados para un espacio preciso, cerrado, usualmente próximo al espectador. Los objetos pintados están claramente desglosados de su entorno real y retomados como protagonistas de la pintura. Son los actores de este teatro atemporal. Casi podríamos hablar de una abstracción realista. La mirada en diagonal, perspectiva que generalmente es la indicada por los bodegones, se suaviza. El espectador no mira a distancia. Más bien, enfoca. En las muestras más recientes, el artista se muestra fiel a sí mismo (7). Sigue investigando en el ámbito indefinible de lo que llamamos realidad. La que se presenta a los ojos, la que nos es externa y vemos sólo a medias, la que ya hemos construido mentalmente, la que puede registrar una cámara fotográfica. El realismo de Maffei pone en tela de juicio justamente a la realidad. ¿Cuantas realidades existen? ¿Cuántas son esquemas intelectuales preconcebidos? En la ya larga historia de la pintura realista, desde los murales de Pompeya y Herculano (apoyados éstos probablemente en ejemplos helenísticos que no han sobrevivido), hasta el fotorealismo vigente desde la década de 1970, esta manera expresiva es, a la postre, la más engañosa de las pinturas. Pintura disfrazada de realidad. Maffei es un realista, pero ante todo es un pintor, que ha vestido el disfraz de realista. Notas: 1. Entrevista con el pintor, Santiago, Marzo de 2003. 2. 1977, Galería del Campus Oriente, Universidad Católica de Chile. 1979, Instituto Cultural de Providencia, Santiago. 1982, Galería Arte Actual, Santiago. 1988, Galería Praxis, Santiago. 1990, Museo de Bellas Artes, Santiago. 3. Las galerías de Tomás Andreu han sido, desde hace más de 10 años, de las más vigorosas e importantes de Santiago de Chile. En sus salas se mostraron tanto artistas de vanguardia como creadores emblemáticos chilenos, como Matta o Lily Garafulic. Hoy, la nueva sede llamada Galería Animal es el principal divulgador de las vanguardias. 4. Destacamos Art Miami 1991; Galería Heller, Madrid; 1992. Galería Época, Santiago; 1994 “El espíritu del realismo contemporáneo”, Galería El Museo, Bogotá y Cali. 5. Félix Lazo, texto introductorio, exposición individual de Maffei en la Galería Tomás Andreu, Santiago, Mayo de 1996, s.p. 6. En la Galería AMS Marlborough. 7.

Texto de María Elvira Iriarte para el catálogo de la exposición en la Galería Marlborough, Nueva York.