Revista capital / Vida y Estilo / por Vivian Berdicheski

REAL MAFFEI

 

Considerado el mejor pintor realista vivo de Chile, el artista habla de su nueva exposición, del coleccionismo y de sus recuerdos de Claudio Bravo.

Después de 7 años sin exponer en Santiago, Ricardo Maffei presenta su producción realista, en la que telas, potes, ladrillos y mesas se convierten en las figuras protagónicas de sus lienzos. Un trabajo minucioso que busca, a pesar del carácter poco trascendental de los objetos, emocionar.

La exposición en la galería AMS Marlborough lleva su nombre, como ha sido la tónica en la mayoría de sus muestras, precisamente para no encasillar los cuadros ni a los espectadores. Con cierta ironía dice: “¿A los cuadros les voy a colocar Pote 1, al otro Pote 2 y al siguiente Pote 3? ¿y a la muestra entera Pote? No vale la pena”.

Maffei tiene 62 años y en el último tiempo su trabajo se ha visto en Nueva York, Montecarlo y Dubái. En cada lugar se llevó buenos comentarios y hoy es señalado como el mejor pintor realista vivo de Chile. Pero el único museo local que hasta ahora le ha comprado un lienzo es el Museo de Artes Visuales (MAVI). Y no ha querido donar al Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) o al Museo de Arte Contemporáneo (MAC) por no confiar en la calidad de las bodegas.

Maffei cuenta que el mejor ejemplo de la poca visión que ha existido desde siempre en Chile en torno a la cultura fue “cuando Claudio Bravo, quiso entregar una estupenda colección de arte grecorromano y la administración del MNBA en ese entonces, no se dio ni la molestia de responder al artista, a pesar de que la propuesta consistía en construir o comprar una casa y remodelarla para albergar la colección. Pero no pasó nada, así́ que Bravo, desilusionado, decidió́ donarla al Museo del Prado, y si no me equivoco es hasta hoy la única colección privada en su interior. Además de recibir la colección con las manos abiertas como una forma de agradecimiento, le otorgaron la nacionalidad por gracia y fue condecorado por el rey Juan Carlos de España”.

Parte importante de la historia pictórica de Maffei ocurre junto a Claudio Bravo y en España, país al que se va a con 24 años y regresa a los 35: “Me meto al taller de Miguel Venegas, aprendo la técnica y luego parto a España. Allí́ estaba la vanguardia, había mucho instalador; la gente encontraba que ser realista era una cosa anacrónica, pero no me importaba. Uno tiene que ser lo que es, aunque la tendencia esté pasada de moda”.

Vivió́ en Madrid, en el llamado San Lorenzo de El Escorial donde compartió́ un tiempo con algunos chilenos exiliados, como Sergio Castillo, Ricardo Mesa y Pablo Mac-Clure. Luego pasó tres años en Marbella haciendo retratos, época de la cual evita comentar pues la considera la más débil de su carrera, aunque dice que lo pasó muy bien.

De regreso en Chile, se encontró́ en pleno auge de la Generación de los 80, comandada por Samy Benmayor, Bororo y Matías Pinto D’Aguiar, entre otros, y con una corriente conceptual importante con Gonzalo Díaz y Eugenio Dittborn a la cabeza. Se sintió́ un outsider, pero exponía y vendía, así́ que siguió́ “nadando contra la corriente”, señala.

 

-¿Estás aburrido de que te pregunten siempre por Claudio Bravo?

-Para nada, es un personaje del que se sabe muy poco, se conoce su pintura y se especulan cosas, como que era un tipo excéntrico, caprichoso, que se hacía grandes casas y que llevaba una vida en Marruecos despampanante. Él era súper interesante, si yo fuera cineasta haría una película sobre la vida que llevó. Sobre cómo una persona a corta edad tiene claro lo que quiere y va logrando poco a poco sus objetivos sin salirse un milímetro del camino.

 

-Se especula que era bien divo, ¿cómo era su trato como profesor?

-De partida no le interesaba dar clases, le había enseñado algo a un par de amigos. Lo que le interesaba era su pintura, su producción y su arte en general, entonces, para que me aceptara tuve que rogarle mucho, y cuando me aceptó me puso un montón de condiciones. Me dijo que se pintaba 8 horas todos los días, que debía traer mis propios materiales, que se levantaba a tal hora y a las 9 se entraba al taller, que se almuerza a una hora determinada y que no podía molestar. Era una especie de monasterio. Tenía una voluntad de fierro, era un trabajador, un winner.

 

-¿Te cohibía?

-No lo llamaba maestro, pero yo sabía que lo era. Lo escuchaba y casi no abría la boca. Le tenía mucho respeto. Las clases consistían en seguir su ritmo y cuando descansaba, unos minutos cada hora, me corregía. Me decía: “Ricardo, esto está mal dibujado, esto se hace así́”, y metía el pincel en mi pintura. Siempre tenía la razón. Con el tiempo la relación se fue relajando, aceptaba que le contara cuentos, que no hablara él solo y después de años terminamos siendo amigos, pero siempre que trabajábamos juntos tenía que ser a su ritmo, no existía la posibilidad de patanear, no lo concebía y así́ fue hasta la última vez, cuando yo bordeaba un poco más de 40 años.

 

-¿Alguna vez dijiste: me tengo que separar de Claudio Bravo para hacer mi propio camino?

-Absolutamente, siendo realista mi técnica es bastante parecida a la de Claudio, pero también su técnica es muy parecida a la de otros pintores del siglo XIX. Lo que más me interesaba era despegar de sus temas. Ocurre que cuando uno está pintando con un maestro, hay un momento en que tienes que decir chao y pintar tus propios temas. Pero la gente siempre me va a relacionar con él, porque somos realistas, chilenos, y fui su discípulo.

 

-¿La espontaneidad juega un rol secundario en tu obra?

-Pollock tiraba su pintura y le funcionaba trabajar con la espontaneidad. En mi caso, soy súper racional para hacer una composición, pero a la vez, la sensibilidad por así́ decirlo, me lleva a poner los elementos en un lugar y quizás después a arrepentirme. Es una mezcla de razón y sensibilidad.

 

-Has dicho que tu obra saca lo bonito de lo feo. ¿A qué te refieres?

-Lo feo para las demás no necesariamente tiene que ser para mí; es una mirada personal, pero yo he visto belleza en pedazos de cemento que encontraba en la calle y que para el 99,9% de las personas era feo.

 

EL PAGO DE CHILE

Son 20 los cuadros que presenta en esta oportunidad en la galería AMS Marlborough (hasta el 4 de julio). Con una técnica segura, más depurada y austera, el artista se plantea con menos elementos en el lienzo. Un dejo de abstracción se hace presente. Se trata de una influencia que viene desde la admiración que siente por Rothko, “quien con pocos colores logra una cierta vibración, una cierta cosa meditativa”, asegura.

 

-Nunca has expuesto en el MNBA, ¿no crees que ya es hora?

-Hace un año hablé con Roberto Farriol (director) porque quería exponer, me acompañó la Ana María Stagno. Él fue súper encantador; me dijo que estaban abiertas las puertas porque le gustaba mi trabajo, pero que ya estaba comprometido el calendario del 2015 y que debía ser el 2016, y la verdad es que no sé qué va hacer de mí el 2016, no sé en dónde voy a estar ni qué voy a estar haciendo. No sé si estoy tan dispuesto, en realidad. Por otro lado, en el MNBA expone cualquiera, ésa es la verdad. Yo he visto muestras muy buenas y otras muy malas, de gente semidesconocida. La curatoria no sé cómo se maneja ahí́.

 

-¿Qué opinas de la gestión cultural?

-De los ministros de Cultura ninguno ha dado el ancho. Falta buena administración, más plata y buenas leyes, y eso incluye el tema patrimonial. Por ejemplo, el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires está lleno de obras impresionistas que gente donó, con alguna ventaja tributaria. En Chile hay personas que están tratando de donar, pero existe una ley muy mala. Obliga a los coleccionistas chilenos, que no son muchos y que compran cuadros de millones de dólares, que al momento de entrar una obra al país paguen el IVA, más el impuesto al lujo, lo cual suma un 30%. Es decir, si te compras un Rothko

que vale 10 millones de dólares, tienes que pagar 3 millones de dólares en impuestos. Por lo tanto, los dueños en su gran mayoría no entran sus colecciones; las dejan en sus departamentos que tienen en Nueva York. Deberían quitar ese impuesto porque Hacienda no lo está recibiendo: los ricos no están internando los cuadros, entonces no tiene sentido. En vez de eso habría que obligar, a cambio de rebajas tributarias y con los seguros correspondientes, a exhibir esas colecciones una vez al año para que los niños de los colegios tengan la oportunidad de apreciar obras de Miró o Cézanne.

 

Viernes 26 de Junio, 2015.